Seguro que después de leer el título más de uno se ha puesto a pensar en esta realidad, y a recordar cuándo fueron las primeras veces que visteis algo pornográfico. Quizás fue en la librería, en esa sección de revistas que había que mirar como de reojo; quizás en la calle, porque algún amigo había logrado hacerse con una; o quizás fue ya en Internet, en alguna de las múltiples páginas que ofrecen este contenido de manera gratuita.
Pues si en nuestra adolescencia fue relativamente fácil acabar viendo porno, ¿cómo no van a verlo ahora nuestros hijos, si lo tienen disponible en Internet, a golpe de clic?
Llegados a este punto, ¿qué podemos hacer? ¿Quitamos la fibra? ¿Nos vamos a una isla desierta? ¿Ponemos filtros? ¿Les prohibimos ir a casa de los amigos? ¿O quizás deberíamos empezar a trabajar este tema con ellos, sabiendo que es inevitable?
Es una de las preguntas más importantes al respecto. Una vez asumimos que antes o después acabarán delante de Internet viendo escenas porno muy diversas, la mayor duda por nuestra parte radica en saber qué repercusiones puede tener, y sobre todo cómo les puede afectar según sea la edad que tengan.

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