Ya no se dan golpes de Estado como los de antes, tan súbitos y uniformados. Los de ahora, como el que desde este jueves se vive en Venezuela, donde un señor al que hace una semana sólo se le conocía en su casa se ha autoproclamado presidente interino, se anuncian con días de antelación, se supone que para ir tanteando el terreno. La otra novedad es el orden de los factores, que cambia por completo. Frente al modelo tradicional, que consistía en tomar el poder y esperar el reconocimiento internacional, en el ensayado en Caracas ha ocurrido al revés: cuenta ya con muchas bendiciones externas y se está a la espera de que la fruta madura –perdón por el juego de palabras- caiga mansamente del árbol.
El golpe en Venezuela se anunció la semana pasada cuando la Asamblea Nacional de Venezuela, en manos de la oposición, aprobó una resolución en la que se calificaba a Nicolás Maduro de usurpador, se arrogaba las facultades del poder ejecutivo y se señalaba a Juan Guaidó como sustituto temporal.
Dicho y hecho. Rodeado de sus partidarios, Guaidó juraba con improvisada solemnidad asumir las competencias del Ejecutivo como presidente encargado de Venezuela “para lograr el cese de la usurpación”. Minutos después obtenía el reconocimiento de Trump y, en cascada, el de Colombia, Brasil, Perú, Costa Rica, Ecuador, Chile y Argentina, además del de Pablo Casado, Albert Rivera y Santiago Abascal -la Santísima Trinidad de nuestra derecha- y de Felipe González, que no podía faltar a la cita. Al margen se mantenía López Obrador en México y, casi al margen la Unión Europea, que se limitaba por el momento a pedir a Maduro elecciones libres. Rusia y Turquía, por su parte, se alineaban con el heredero de Chávez, que anunciaba la ruptura de relaciones diplomáticas con EEUU y ponía a Guaidó en busca y captura.
Una vez declarado a cámara lenta el golpe de Estado, el asunto ahora es materializarlo, lo cual no es fácil por dos razones: la primera, porque el Ejército, al menos en su mayor parte, no parece estar por la labor; y la segunda porque Maduro no ha perdido el tiempo y parece haber logrado convertir su permanencia en una cuestión geopolítica atrayéndose el apoyo de Rusia.
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