Las fotografías difundidas con orgullo por el Pentágono de los primeros prisioneros trasladados el 11 de enero de 2002 en aviones militares desde Afganistán a la prisión de Guantánamo indignaron al mundo. Diecisiete años después aún permanecen 40 prisioneros en ese campo de concentración del siglo XXI, y Trump reclama invertir decenas de millones de dólares en mejorar sus infraestructuras para recibir a nuevos rehenes.
Guantánamo nos recuerda que la cruzada contra el terror iniciada por Bush, Blair y Aznar que se ha cobrado tantos miles de víctimas aún no ha terminado.
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Extremo ejemplo de violación de los Derechos Humanos
El Pentágono organiza visitas a la base naval de grupos de payasos para entretener a los hijos de los militares o de grupos de rock y otros espectáculos en vivo para las tropas para hacerlos ‘sentir como en casa’ y que olviden que están ocupando suelo extranjero, que del otro lado del perímetro de la base está la legítima titular de ese territorio, la archienemiga Cuba.
A escasa distancia de las viviendas, bares, polideportivo y ruidosas fiestas de los carceleros hay 40 hombres encarcelados desde hace más de 10 años. Están a merced de los caprichos de un presidente que como sus predecesores actúa con total impunidad, con la seguridad que le da saber que la llamada ‘comunidad internacional’ no hará nada por ellos, que puede seguir contando después de 17 años con su pasiva -cuando no activa- complicidad.
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