dilluns, 29 d’abril del 2019

¿Por qué no funcionan nuestros intentos por contar historias sobre el cambio climático?


 Predecir el fin del mundo y acertar no debería ser motivo de celebración. Sin embargo, a lo largo de los siglos, los seres humanos nos hemos contado este tipo de historias y las lecciones han ido cambiando según el Armagedón imaginado. Cualquiera creería que una cultura que ha crecido de la mano de alusiones al apocalipsis sabría cómo reaccionar ante noticias ambientales preocupantes. Todo lo contrario: hemos tratado de locos a los científicos que buscan comunicar las incesantes señales de alarma que emite el planeta. Las películas sobre el cambio climático son incontables, pero cuando se trata de pensar los peligros reales del calentamiento global —lo que sucede, digamos, después del final de El día después de mañana—, la cultura pop adolece de una increíble falta de imaginación. Estamos ante una suerte de caleidoscopio climático: estamos fascinados con la amenaza que, aunque está frente a nosotros, no somos capaces de percibir con claridad.




En una cultura enfocada en contar historias, obsesionada con las grandes tramas y riesgos cada vez mayores, el cambio climático debería resultar irresistible. A pesar de eso, cuando intentamos contarlo —motivados por la política o porque intuimos que el cambio climático es el horror en su máxima expresión— inevitablemente lo hacemos mal. ¿Por qué?

La devastación climática aparece todo el tiempo en nuestras pantallas, pero no como elemento central. Es casi como si estuviéramos transfiriendo la angustia que sentimos por el calentamiento global a escenarios diseñados y controlados por nosotros mismos con la esperanza tal vez de que el fin de los días continúe siendo solo una “fantasía”.

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