Cuando estallan los conflictos armados, la violencia contra la mujer se exacerba, se desboca. La historia pasada y presente están sembrada de dolorosos casos
Sucedió acá, en el Perú, y sigue sucediendo en varias partes agobiadas del planeta: Siria, Afganistán, Irak, Nigeria, Sudán, Costa de Marfil. O en otros lugares donde la guerra también pasó con su aura de espanto, como Guatemala, Colombia y El Salvador. Hablan los fusiles y a la vez, cruelmente, se instala en el campo de batalla la violencia de género. La brutalidad se cruza con el desprecio hacia las mujeres, y da como resultado una hecatombe moral
Un especial de National Geographic explica cómo ya unos 700 años antes de Cristo, en lo que hoy es China, las mujeres comían más granos, mientras que los hombres comían más proteína animal, debido a que tenían que hacer la guerra. El viejo episodio de la presa grande para el papá, tan presente hasta ahora en nuestras mesas, es muy antiguo en realidad.
Pero esa injusticia alimentaria era -y es- solo la punta de la cadena de violencias, que desde hace siglos, se agudizan cuando los enfrentamientos organizados con armas arrecian. “En la mente dominadora hacer el amor es hacer la guerra”, escribió hace algunos años Riane Eisler, una autora feminista que, en su libro ‘Placer Sagrado’ explora cómo una perturbada “erotización de la violencia” irrumpe en las guerras, con furia y sin piedad.

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