Históricamente se conocen tres “revoluciones industriales”. Simplificando, el vapor, la electricidad y el toyotismo, han sido considerados avances en la industria y en los procesos productivos, que han generado cambios sociales trascendentales y sendas “revoluciones”.
Hasta ahora, estos procesos han sido definidos a posteriori del propio cambio. Y en cada caso, la resistencia y la respuesta de la clase trabajadora a dichos cambios han generado transformaciones sociales que hoy damos por normales y naturales para las relaciones humanas.
Las ocho horas diarias, las vacaciones, la Seguridad Social, la negociación colectiva… no han existido siempre, han sido conquistas de la clase obrera, enfrentándose a los intereses de las patronales y respondiendo a los cambios industriales que los cambios tecnológicos han producido en la historia reciente.
El capitalismo no tiene necesidad de esconder sus intenciones. La política de colaboración social que el reformismo sindical lleva realizando en las últimas décadas, ha llevado a amplias capas de la población a aceptar que “ellos/as” mandan y “nosotros/as” obedecemos. De esta manera el anuncio de esta nueva “revolución” viene acompañado con la amenaza de la desaparición de millones de puestos de trabajo y la clara alusión a un mayor empobrecimiento de las personas pobres.
A esta revolución del sistema capitalista hay que unir en la industria de la movilidad la necesaria evolución a u transporte sostenible, con nuevas fuentes de energía y motorización que también amenazan con destrucción de empleo.

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