Las elecciones en Israel del último 17 de septiembre y los bombardeos en las refinerías sauditas de Abqaiq y Khurais sitúan a Medio Oriente, nuevamente, en el epicentro de la conflictividad global. En el primer caso porque la votación vuelve a poner en evidencia la situación irresuelta de la ocupación colonial de Palestina, y en el segundo porque la disputa entre la República Islámica de Irán y la monarquía arábica evidencia una escalada sin precedentes, desde que ambas teocracias se disputan el control y la autoridad política y espiritual sobre la totalidad del mundo musulmán.
El triunfo del candidato de la lista Azul y Blanca (Kajol Labán) –liderado por el ex jefe del Estado Mayor Benny Gantz– por sobre el Likud (histórico partido de la derecha israelí comandado por Bibi Netanyahu), plantea la posibilidad de conformar una nueva alianza dentro de la Kneset, el parlamento israelí. El modelo parlamentario unicameral de 120 bancas requiere 61 escaños para postular un primer ministro.
El conflicto entre Arabia Saudita e Irán no es ajeno a este otro conflicto. Teherán promueve un estado islámico y avala la confrontación de Hamas (sunitas ligados a los Hermanos Musulmanes, instalados en Gaza) y de Hezbolá (chiitas, ubicado en el sur del Líbano) contra la Autoridad Nacional Palestina. Esa división es utilizada por la derecha israelí y Donald Trump para darle continuidad a una política colonial sobre quienes continúan privados de derechos soberanos y permanecen como víctimas de la justicia militar de ocupación.
La confrontación de Irán con Estados Unidos, de todas formas, no se expresa únicamente en el conflicto palestino-israelí, sino que reviste aristas geopolíticas de otro tenor: los ayatolas han defendido una política autónoma de las imposiciones de Washington en la región y eso les ha ocasionado un hostigamiento permanente cuya expresión actual es la multiplicación de sanciones económicas y financieras.

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