Cuando un animal ladra y mueve la cola, es un perro; si maúlla y para la cola, es un gato; cuando un general le dice a un presidente electo por su pueblo que debe renunciar… es un golpe de Estado. Como en este caso lo es la expulsión de sus cargos del presidente de la República Plurinacional de Bolivia, Evo Morales, y de su vice,Alvaro García Linera.
La región y el mundo asisten a un golpe “cívico, policial y militar”, como lo definió el destituido mandatario de ascendencia originaria aymara que, en 13 años y a partir de la renacionalización de gran parte de los recursos hidrocarburíferos y mineros de su país, desarrolló el proceso de transformaciones más profundas -y beneficiosas para su pueblo- del siglo XXI en toda Latinoamérica.
Los cambios estructurales que condujo superaron incluso los logrados a partir de la redistribución de la renta petrolera en Venezuela o Ecuador y la agraria en la Argentina; estuvieron por encima de las leves mejoras del Chile de Michelle Bachelet y de las conquistas de los sectores populares del Uruguay del Frente Amplio y hasta fueron más allá de los logros del fabuloso “hambre cero” de Lula da Silva en Brasil.
La revolución plurinacional de la Bolivia de Evo se apoyó en esos cambios que le permitieron multiplicar la inversión en proyectos sociales, aumentar sueldos, reducir el desempleo, alcanzar tasas de crecimiento de su economía que, como sucederá en este 2019, ascienden al 3,5%, contra la caída de 3 puntos en la Argentina de Mauricio Macri. Y, sobre todo, entre 2005 y el año en curso reducir la pobreza en 23 puntos, desde aquel altísimo 38,2% inicial.

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