El derrocamiento del gobierno popular de Evo Morales en Bolivia confirma que la cuestión militar está de vuelta en América Latina, como resguardo de los planes de Estados Unidos para el control civil y político de su “patio trasero”, y garantía para la apropiación de las enormes riquezas naturales de la región.
En América Latina, las luchas sociales en Chile o Ecuador, el golpe de estado en Bolivia, la intervención estadounidense en Venezuela, las elecciones en Uruguay, la prisión de Lula, las políticas del FMI, el avance de las iglesias evangélicas, el retorno al militarismo, la violencia en las ciudades, la migración, el racismo, son expresiones de esa guerra global.
Esta guerra, aunque no se quiera aceptar, ya es parte de todos los ámbitos de la vida del ser humano y condiciona su propia sobrevivencia como especie, señala el ex vicecanciller ecuatoriano Kintto Lucas.
Para eso fue necesario ir minando todas las instancias de integración regional para poder involucrar a las fuerzas armadas en asuntos de orden público, en la vida electoral, su involucramiento en la violación de los derechos humanos, la militarización del supuesto combate a las drogas, en la represión de las migraciones, en situaciones inspiradas, estimuladas por la política militar estadounidense en la región.
También fue necesario rescatar el belicista Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), para tener otro frente –y éste miltar- de ataque contra Venezuela, Bolivia, Nicaragua, o quien osara enfrentarse a las políticas de Washington.

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