El apoyo al pueblo kurdo por parte de la sociedad civil internacional no ha impedido a Turquía seguir avanzando en su proyecto de destrucción en Rojava. Ante una amenaza que puede venir de todas partes y en cualquier momento, las autoridades kurdas insisten en que no están preparadas para renunciar tan fácilmente a una autonomía ganada con tanto sacrificio.
A principios del pasado octubre Turquía lanzaba la ofensiva “Manantial de paz” sobre el norte de Siria. Una operación que los kurdos ya temían desde mucho tiempo atrás. El giro de 180 grados de Donald Trump en diciembre pasado —que había anunciado una retirada de las tropas antes de cambiar de opinión— ya era una clara advertencia.
¿Necesitaban los habitantes de la región esta advertencia para evaluar la fiabilidad de su aliado americano? Nada parece indicarlo, sobre todo porque la amenaza era casi visible a simple vista: el ejército turco se agitaba al otro lado de la frontera desde hacía meses, deseando poner fin al experimento en Rojava. Y no eran, obviamente, las alianzas circunstanciales establecidas por las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS) con la coalición occidental durante la guerra contra la Organización Estado Islámico (ISIS), las que iban a protegerlos de una posible operación militar.
Las alianzas económicas, los intereses de las potencias involucradas en el tablero sirio, los acuerdos entre socios y, a veces incluso entre competidores, sellarían el destino de las fuerzas kurdas que quedaban, ahora sí, solas frente a Turquía, la segunda fuerza de la OTAN en cuanto a número de efectivos.

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