Un día para recordar a los que han salido del infierno del alcoholismo. Ese lugar en el que sin querer uno se adentra el alcohol porque todo lo celebramos: fiestas, cumpleaños, bodas, retornos; brindamos por vivir, por la vida, por la alegría de sabernos dueños de una realidad que siempre nos desborda. El que bebe sufre, su refugio termina siendo su agonía y muchas veces, su muerte.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el alcoholismo es una enfermedad crónica, progresiva y, en algunos casos, terminal, que presenta “tres caminos posibles si no se frena el abuso compulsivo al llegar a la dependencia”, la enfermedad crónica, el cáncer y la muerte.
Finalizar un trabajo, terminar con un problema, ganar la batalla a una enfermedad, la felicidad no contenida hace que brindemos siempre y en ese afán, muchas personas llegan a perder el control de la ingesta, porque el alcohol, ese que tantos buenos ratos nos hace tener, lo relacionamos precisamente con lo bueno, con la alegría de vernos en contextos únicos y es el mayor depresor que existe en primera instancia. Cuando nos queremos dar cuenta, forma parte de nuestro modus vivendi; entonces, y solo entonces, ya no podremos elegir más.

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