dimarts, 26 de maig del 2020

Día Mundial de la Biodiversidad


El Viernes pasado, para celebrar el Día Mundial de la Biodiversidad, me habría gustado dar buenas noticias. Decir que está mejorando el estado de conservación de los seres vivos que habitan el planeta o las especies de un área concreta. Me habría gustado ilustrar este texto con titulares sobre cómo la humanidad está tomando decisiones para mantener y proteger esta biodiversidad. O agradecer a los líderes políticos que se estén sumando a las voces de la comunidad científica en la necesidad de detener la pérdida de todos estos seres vivos que nos garantizan servicios ambientales como mantener la calidad del aire y el agua, suministrar materias primas, el control de enfermedades y plagas, la polinización, el mantenimiento de la fertilidad del suelo o la protección contra el calentamiento global.




Me habría gustado no repetirme. No volver a recordar que la actividad humana está llevando a muchas especies a la extinción y que los estudios muestran que la desaparición de la biodiversidad global ha estado ocurriendo mil veces más rápido que si ocurriera naturalmente.

Alrededor de 1 millón de especies pueden desaparecer para siempre, como adelantó en 2019 el informe del Panel Internacional de Expertos en Biodiversidad (IPBES) de Naciones Unidas, si no controlamos la deforestación y otros factores que conducen a la pérdida de la biodiversidad.

En medio de la pandemia provocada por un coronavirus procedente de un animal salvaje, ¿cómo no volver a decir que desde 1940 la deforestación ha estado entre los principales factores que favorecen la transmisión de enfermedades de origen zoonótico, que se transmiten de animales a humanos? ¿Cómo no recordar que la pérdida de bosques y el deterioro ambiental están aumentando el riesgo de transmisión de enfermedades? ¿Cómo no gritar nuevamente que es imprescindible que la UE impulse el fin del comercio mundial de vida salvaje para evitar futuras pandemias?

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