Una de las figuras más veneradas de El Salvador es Monseñor Óscar Arnulfo Romero, asesinado por ser “la voz de los sin voz” un 24 de marzo de 1980, hace 40 años, y declarado Santo un 14 de octubre de 2018. Su estela ondea en la lucha incansable de las víctimas de desaparición forzada, de los delitos de lesa humanidad y crímenes de guerra. A ellas las mantiene la fe en que tarde o temprano llegará la hora de la verdad. De la justicia.
¿Y tú qué defiendes? La respuesta a esa pregunta en El Salvador pone en evidencia la polarización existente en la sociedad. Cuando llegas al aeropuerto internacional San Óscar Arnulfo Romero y Galdámez, unos se alegran del homenaje al mártir salvadoreño, pero otros no tanto, porque su ídolo es el Mayor Roberto d’Aubuisson Arrieta, sospechoso de haber dado la orden de matarlo y fundador del partido de derecha Alianza Republicana Nacionalista (ARENA).
Un cara o cruz que marca la vida diaria de seis millones y medio de personas en 21.000 km2, donde apenas llevan 28 años viviendo en democracia. Aun así, siguen sin superar las secuelas de más de 50 años de dictaduras militares y 12 años de conflicto armado (1980-1992) que dejó, según las cifras oficiales, 75.000 muertos y 8.000 desaparecidos. Solamente en el Monumento a la Memoria y la Verdad, inaugurado el 6 de diciembre de 2003, en el Parque Cuscatlán, en la capital salvadoreña, están grabados 25.000 nombres de víctimas de la guerra civil. Es un muro de 85 metros de largo, en granito negro, edificado gracias a la iniciativa del Comité Pro Monumento de las Víctimas Civiles de violaciones de Derechos Humanos que agrupó a diferentes organizaciones no gubernamentales, entre ellas Mundubat, ONG vasca que tiene presencia en el país centroamericano desde los años 80, en aquel entonces conocida como Paz y Tercer Mundo – Hirugarren Mundua ta Bakea.

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