Las Residencias de Personas Mayores están concebidas por los sucesivos gobiernos, y lo que es peor, por la sociedad, como lugares donde esperar la muerte con unos niveles mínimos de asistencia.
Evolución de las Residencias de Personas Mayores
Los Asilos cumplían una función de caridad y eran gestionados mayoritariamente por instituciones de tipo religioso. Ir a pasar los últimos días de la vida, a esperar la muerte, a un asilo se consideraba por buena parte de nuestra sociedad “bien pensante” y decente como una deshonra para la familia de quienes iban a dar con sus huesos al asilo. Y por supuesto una vergüenza y un descrédito para las personas usuarias de dichos centros.
El concepto de asilo ha ido evolucionando en la medida que ha cambiado el modelo social y económico, la estructura y relaciones dentro de la familia, el tipo de vivienda, la incorporación de la mujer al trabajo remunerado fuera del hogar, el concepto de los cuidados, la gestión del tiempo individual, las relaciones afectivas y de autoridad dentro de la familia...
Los cambios enumerados implicaron que hubiera una gran demanda de instituciones para personas mayores y desde los poderes públicos se optó por un cambio de nombre. El vocablo asilo conllevaba una carga emocional y social negativa y se quiso suavizar la situación con un cambio de nombre pero sin cambiar apenas el concepto ni la función que cumplen.
El planteamiento es considerar las Residencias de Personas Mayores como lugares en los cuales podamos seguir desarrollándonos como personas y pongamos en juego nuestras habilidades y capacidades en el manejo del lugar en que habitamos y cuyo objetivo debe ser procurar las mejores condiciones posibles para las personas que comparte ese espacio habitacional.

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