Entretenernos en rebatir el relato simplista y emocional anti-inmigración con argumentos racionales o datos nos resta tiempo para abordar el ingente desafío de trabajar por una sociedad diversa, acogedora y progresista. Ese es el terreno donde realmente nos jugamos nuestro futuro.
l apasionado debate sobre los múltiples y trascendentales retos que plantean los movimientos de personas en el mundo y, especialmente, quienes tienen los países industrializados como destino, ha ido mutando durante los últimos años hasta encapsularse en una retahíla simplista y emocional consistente en polemizar estérilmente sobre el derecho de las personas a una vida digna y de materializar ese anhelo, si hace falta, fuera de sus países. Lamentablemente esta aprehensión, muy a menudo suscitada y alimentada por una corriente ideológica xenófoba, ha conseguido erigirse en el árbol que no deja ver el bosque.
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Manifestación antirracista del 7 de junio en Madrid
En efecto, entretenernos en esta cuestión nos inhabilita a abordar el ingente desafío de trabajar por una sociedad diversa, acogedora y progresista que es el terreno donde realmente nos jugamos nuestro futuro. El resto no es más que una guerra perdida porque, hasta la fecha, ninguna medida ha conseguido frenar las migraciones que, por otra parte, seguirán reproduciéndose mientras perdure la actual situación de desigualdad que mantiene a los países de origen en la miseria.
En este propósito interviene —entre otros temas— la cuestión de la narrativa, dado que incide de manera decisiva en la conformación de una visión colectiva que descansa en construir un retrato distorsionado del migrante racializado, generalmente originario de un país del hemisferio sur y delatado por unos rasgos físicos de corte exótico. El uso desacomplejado y reiterado de fenotipos como “moro”, “negro” o “indigena” o ciertas actitudes discriminatorias remiten, sin ambigüedad, a intencionalidades tan denigrantes como infundadas.
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