Casi todas las descripciones del más que probable infausto desenlace mundial de la cuarentena global, insisten todavía en certificar una realidad que ya no tiene sentido. Porque es lo que, precisamente, la plan-demia global ha desmoronado definitivamente: un “mundo post-covid” ya no tiene sentido como “mundo”; y menos en los términos que la modernidad se ufanaba de prometer, desde el liberalismo hasta la globalización.
El fracaso de la modernidad no podía haber sido más fehaciente. Amanece con el genocidio de la Conquista, genocidio que es esencial para dar vida al verdadero virus que porta la expansión europea desde 1492; porque le brinda, parasitariamente, la posibilidad de una “acumulación pre-originaria” (el trabajo impago y jamás reconocido de 100 millones de indios y afros) para financiar toda una forma de vida donde ese virus se pueda realizar en toda su plenitud.
Esa forma de vida es el mundo moderno, como nicho de realización de las expectativas exponenciales de este virus llamado capitalismo. No en vano decía Marx que el capital nace chorreando sangre por todos los poros, porque es parido en el genocidio del Abya Yala y, desde entonces, para darle vida –que no la tiene– hay que privársela a otros: la humanidad y la naturaleza; por eso concluía lógicamente: “la producción capitalista sólo sabe desarrollar la técnica y la combinación del proceso social de producción socavando al mismo tiempo las dos fuentes originales de toda riqueza: la tierra y el hombre”.
Pregona la modernidad de boca para afuera: “liberté, egalité et fraternité”, y declara que: “todos los hombres son creados iguales”; porque, de boca para adentro, lo que considera humanidad es apenas el recorte racializado que establece como su propia y más acabada antropología: “todos somos iguales, pero algunos somos más iguales que otros”
No hay un “mundo post-covid”, porque después de la cuarentena (que no es sino un Estado de sitio no declarado), lo que se puede vislumbrar es un Estado de excepción global, donde quedarían conculcadas, de facto, todas las libertades y derechos, civiles y políticos en todo el mundo. Esto significa acabar, definitivamente, con la idea de “mundo”. Porque si el mundo es un algo común, un orbe válido y accesible para todos; después de la cuarentena, quedará confirmado que el mundo se deshizo ante nosotros y lo único que nos queda, es un orden impuesto, ajeno a todo lo que podía significar un “mundo”.
No hay un “mundo post-covid”, porque después de la cuarentena (que no es sino un Estado de sitio no declarado), lo que se puede vislumbrar es un Estado de excepción global, donde quedarían conculcadas, de facto, todas las libertades y derechos, civiles y políticos en todo el mundo. Esto significa acabar, definitivamente, con la idea de “mundo”. Porque si el mundo es un algo común, un orbe válido y accesible para todos; después de la cuarentena, quedará confirmado que el mundo se deshizo ante nosotros y lo único que nos queda, es un orden impuesto, ajeno a todo lo que podía significar un “mundo”.

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