dissabte, 1 de setembre del 2018

IGLESIA CATÓLICA El abuso a menores, la Iglesia católica y la justicia de las consecuencias reales


El dilema es tan sencillo como terrorífico: los violadores dentro de la Iglesia siguen manteniendo su acceso a los niños, y no han sido castigados por los crímenes previos. Hay que pararlo. 

Nací como católico irlandés de Boston, hice la primera comunión y confesión (pero me resistí a la confirmación, me alegro de apuntar), fui a una escuela secundaria católica y a una universidad jesuita, y enseñé en un instituto católico. El primer y único profesor de religión que tuve fue el ahora notorio violador de niños, el padre Paul Shanley. Baste señalar que conozco la Iglesia, y todavía puedo recitar la oración del “Padre Nuestro” en latín. Pater noster, qui est en chaelis, etc. 


Iglesia de la Trinidad, Boston.

Abandoné la Iglesia años antes de que los escándalos de pedofilia estallaran en el conocimiento público, pero cuando explotaron a dos bloques de mi casa en las puertas de la residencia del cardenal en Boston, me di cuenta de quién era Shanley, y cómo de cerca había estado del peligro (muy específicamente le recuerdo con pinta de cadáver animado cuando le daba la luz de la ventana, así que me salté las primeras clases de religión porque me ponía los pelos de punta). Detrás de todo el incienso y las elevadas paredes de la catedral había una edificación construida sobre el ocultamiento de las lágrimas de niños, que eran derramadas debido a las acciones de curas de confianza y de los responsables eclesiásticos que les protegían.

Mi relación con la Iglesia empezó con miedo, con los años mutó en respeto temeroso, después el respeto en desacuerdo, luego desprecio, hasta que finalmente acabé en un frío charco de perfecto horror…


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